Los adultos en el mundo del niño. Cómo ser nuestra mejor versión.

28/06/2018

“Un hombre bueno es aquel que puede llevar su propia alma al interior del otro”. Rudolf Steiner.

Los adultos tenemos una importante responsabilidad con los niños. Ellos son unos grandes imitadores y debemos darles las mejores referencias para copiar.

La parte que más influye es la personalidad de uno mismo, las acciones y las palabras. Así que, un buen educador será aquel que tiene una personalidad clara, obra con amor y lo que dice es coherente con lo que hace.

Los niños son seres puramente intuitivos y tienen la capacidad de reconocer tu interior. Si no ven una personalidad clara y una forma de actuar sincera, dedicada a su cuidado y bienestar, entonces el niño desconfiará y le haremos un persona insegura e inquieta.

Pero, ¿cómo construimos una personalidad buena?

La construimos con un pensar claro, un corazón activo y un hacer bondadoso. No nos ponemos objetivos, ni intención en nuestras acciones. Sabemos quiénes somos y, desde ese lugar, es desde dónde podemos obrar de una manera más sana.

Es importante tener claro que solo se puede transmitir lo que el educador haya conquistado por sí mismo. Debemos mostrarnos como somos. Y, por supuesto, lo que no somos. Tenemos que tener claro lo que nos gusta y eliminar el excesivo consumismo para dejar vía libre a nuestros verdaderos gustos. La gente no se siente libre porque piensa en la sociedad. Y hay que observar primero al niño y después a nosotros. Somos seres maduros porque pensamos en ellos antes que en los demás.

Por ejemplo, si nuestro hijo quiere ser violinista y nosotros no tenemos ni idea de tocar el violín, nuestro acompañamiento estará en buscar la mejor escuela para nuestro peque, pero ahí acabará. No podemos ayudarle a aprender algo que nosotros no sabemos, ya que estaríamos entorpeciendo su aprendizaje. Si no sabes de algo, hay que aprender a quitarse de en medio.

Por último, para construir una personalidad completa debemos ser padres y educadores en calma, eliminado la inseguridad, que nos hace estar demasiado pegados al suelo y demasiado preocupados por el que dirán, o, por el contrario, eliminando la inquietud, que hace que estemos demasiado en las nubes y vayamos de un lado a otro cansándonos de todo.

De esta forma, seremos padres más sinceros, con una personalidad fuerte y clara, donde lo más importante son nuestros hijos, a los que les mostraremos la mejor versión de nosotros mismos, para que ellos también sean su mejor versión y, por supuesto, se conviertan en seres mejores que nosotros.

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