Educar desde la curiosidad

07/03/2018

Lo primero que debemos preguntarnos es qué es la curiosidad. Pues bien, si apelamos al diccionario, curiosidad es deseo de saber o averiguar una cosa. Hasta aquí todo sencillo. Pero: ¿cómo es esto de educar desde la curiosidad?

Actualmente vivimos en una sociedad en que prima la educación del NO, donde los miedos y las prisas son sus principales protagonistas: “No llores”, “No hagas esto”, “No hagas lo otro”, “Espera que ya lo hago yo”, etc. Seguro que más de una de estas expresiones te resulta familiar, porque todos las hemos usado en mayor o menor medida.

Pero parece que se nos olvida que lo que tenemos delante de nosotros es un NIÑO. Donde él no sabe nada, ni nosotros tampoco. Así que debemos aprender juntos y dedicarnos a acompañarle en el proceso. ¿Cómo? Educando en positivo.

Educar en positivo significa no poner límites a sus funciones. Por ejemplo, cuando vemos al bebé gateando, automáticamente pensamos en cuándo va a empezar a andar y, a veces incluso, forzamos que camine cogiéndole de las manos y provocando el paso. Esto es un error. Debemos sentarnos y disfrutar del momento. No hay prisa, no debe haber miedo. Tu bebé andará cuando tenga que andar. No tenemos control sobre el niño, ni podemos forzarlo porque eso elimina su sentimiento y lo anula.

¿Te has preguntado alguna vez por qué quieres que tu bebé, que todavía ni siquiera sabe hablar, vaya a una guardería bilingüe? Seguramente porque piensas que así, le estás proveyendo un futuro mejor, el que a ti te hubiera gustado tener (o tienes), dando por hecho en cierta forma, que él puede que no sea capaz de hacerlo en un futuro por sí mismo. Y ojo, no estamos diciendo que tu niño no deba aprender inglés, decimos que a veces el miedo y las prisas, nos llevan a tomar decisiones forzadas.

Por eso señalamos que la mejor manera de educar al niño es observar lo que tenemos delante y simplemente con esto, nos deberíamos emocionar. Estamos tan preocupados porque no les pase nada y lo tengan todo, que sin querer creamos un micro mundo en el “todo está bien”. Esto genera confusión en el pequeño al que no le dejamos expresarse cómo se siente, cuando la única forma que tenemos de ayudarle es interpretando sus sentimientos, pero sin intervenir.

Si el niño llora, es una señal de que tiene hambre, sueño, enfado, rabia, dolor, y es nuestra labor interpretar cuál de todas es. Para ello hemos tenido que observarle y practicar el ensayo-error muchas veces. Pero si no le dejamos llorar y lo tratamos de solucionar con técnicas del aquí y ahora (como darle una chuchería o un juguete), tan solo estaremos enmascarando el sentimiento y no solucionándolo desde la raíz.

Así que, recordemos que, si un niño llora, grita, se tropieza, se cae, tarda una hora en ponerse el abrigo, no quiere comer, o no quiere irse a la cama es simplemente PORQUE ES UN NIÑO.

Una vez que tengamos interiorizado esto y tengamos claro que el niño ni nos está retando, ni nos quiere llevar al límite, ni tiene por qué pasarle nada malo, todo este proceso será mucho más sencillo. Y podremos educarle desde la curiosidad donde el niño aprenda por sí mismo, y nosotros podremos acompañarle en todo el camino.

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